miércoles, 6 de octubre de 2010

Empezar, Cap. 2

Al salir de clase, muy emocionada fui a la biblioteca, para ver qué quería Aarón, estaba ansiosa por saber qué era lo que sucedía… o quería decirme…
Estuve esperando casi una hora... y decidí irme, no llegaba. Supuse que le había pasado algo o si no me tendría que dar una muy buena explicación de lo que sucedió aquella tarde para no quedar conmigo.
Estaba abriendo las puertas para salir de allí cuando vi a Aarón al lado de Susana, era la niña que peor me caía de todo el internado… y tenía que estar con ella… ahora sí que me tenía que dar una muy, pero que muy buena explicación.
Estaban demasiado pegados, pero no quería salir. Me quedé mirando a hurtadillas a ver qué pasaba… me partió el corazón, ¿de verdad tenía la cara de haberme engañado con ella?
Salí de la biblioteca con la cabeza bien alta, y totalmente con una idea muy contraria a llorar, no iba a llorar, no serviría para nada, era fuerte y no me iba a derrumbar por un niñato.
Pasé despacio y con tranquilidad como si no pasase nada, y en cuanto doblé la esquina del pasillo eché a correr hacia el cuarto, Sandra estaría allí.
Llegué como el que no quiere la cosa, y me senté en mi cama, rápidamente, Sandra llena de emoción se me acercó eufórica por saber lo sucedido:
—¡Cuéntame, venga suéltalo, ya! —La miré seriamente y le dije:
—Creo que me ha dejado las cosas un poco claras. Lo acabo de ver con la “mírame, soy lo más y me tiro a los niñatos del internado, no se me resiste ninguno”, para mí a acabado todo con él.- le puse cara de asco y aguantándome toda la rabia que tenía por dentro.
—No… ellos… —La miré y corté antes de acabase.
—Sí… sí se estaban… Besando. —Ella me miró. Tras unos minutos de silencio se acercó a mí.
—¿Estás bien?
Vaya pregunta.
—Sí, mírame, no pasa nada. Estoy absolutamente estupenda, y no, no me derrumbaré. No le daré ese gustazo. —Ella me miró y dijo entre dientes:
—Ya, eso dijiste la última vez.
La miré y por un momento solté un poco de la furia que llevaba por dentro.
—Joder, Sandra, la gente cambia. No necesariamente voy a tener que llorar por todo, desde entonces cambié, y desde este momento sé que no debo tomar en serio nada que ellos me digan. Son todos unos farsantes. Parece que sólo tienen la competición de ver quien rompe más corazones. Pero, ¿sabes qué te digo? Me pueden haber hecho daño, pero no les daré el gustazo de que lo sepan para que se mueran en su propia mierda algún día, cuando se les devuelva todo, pero de golpe.
Ella me miró un poco entre asustada y desorientada. Yo recuperé el aliento después de mi discurso y la volví a mirar, ella dijo:
—Creo que voy a darme una vuelta, volveré rápido, intenta tranquilizarte- salió confusa de la habitación.
Lo que me faltaba hoy ya. Primero, el encuentro con Hugo; después esto… ¿Qué sería lo siguiente? Estar en el puñetero agujero negro para mí cada vez era más complicado, simplemente me venían todas las cosas a la cabeza, ni si quiera me podía explicar… ¿si me iba a hacer esto, porqué en la nota me puso «te quiero»? ¿Esa era parte de la tortura o qué le había pasado para que cambiase así de opinión? Todo me empezaba a dar vueltas, por fin estaba sola…
Me derrumbé, era el momento idóneo para hacerlo, tenía la nota en mi mano. Empecé a llorar, delante de la gente, mi orgullo podía conmigo, pero detrás no. No me podía engañar a mí misma. Me había jodido, y bien jodida pero no podía hacer nada más, yo era como un juguete, mi peor error, ilusionarme o pillarme por un tío… ahora era mas moldeable que la plastilina, ¿y que podía hacer? Nada.
En mi arranque repentino de despecho, cogí y solté un brazo —vamos, un puñetazo— lo suficientemente fuerte como para hacerme daño en la mano. Joder, eso era lo que más me faltaba en ese momento. Cuando mis ojos dejaron de estar rojos, tuve que ir a que me mirasen la muñeca, tenía un esguince. Definitivamente el día más penoso de mi vida, o estaba gafada o me habían echado un mal de ojo.
Esa tarde no tenía humor para hacer nada, después de ir a que me mirasen el brazo. Me encerré en la habitación a escuchar canciones autodestructivas para hundirme aún más, me salté las horas de estudio y no fui a cenar esa noche, no tenía hambre.
Abrí el ventanal y me senté en un tejadito que tenía por fuera. Sandra apareció junto a mí, me saludó, después miró mi muñeca:
—Pero… ¿qué te a pasado? —La miré y le dije con un tono de indiferencia bastante creíble:
—No sé… me di un golpe sin querer. Pero tranquila, estoy bien- Ella me abrazó, yo le susurré mientras la rodeaba cálidamente:
—No me voy a derrumbar, y lo sabes, él es uno… hay miles, no te preocupes. —Ella me contestó:
—Lo sé, y más como eres. —Suspiró y se subió ella también al tejadito del ventanal.
Esta sería una de las noches más largas de mi existencia… pero no la última.

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